MORADA 54
casa / miraflores . lima
Rafaella es periodista, su esposo Luis Jaime también. Tienen dos hijos, el mayor ingresó hace poco a la universidad y el segundo está terminando el colegio. Ella cuenta que llegar a esta casa fue como un rompecabezas que se fue armando. Cuando sus dos hijos eran pequeños, la familia vivió en un departamento que rápidamente les quedó chico, entonces se mudaron a la casa de los padres de su esposo en la avenida La Paz donde vivieron cerca de cuatro años. Fue un tiempo importante para la familia, pero la enfermedad de su suegro dio paso a un replanteamiento de los espacios. La casa que hoy es la morada de Rafa, era el estudio de abogados de su suegra, fue en ese momento que ella les propuso hacer un cambio. El estudio pasaría estar en la casa de la avenida La Paz, así su suegra tendría la facilidad de estar cerca a su esposo y a su trabajo y Rafaela junto con su familia se mudarían a este antiguo rancho miraflorino.
Para Rafaella la propuesta fue un sueño. Cuando llegaron a la casa, quien los recibió fue Antonia, la gata que la pareja tenía desde que estaban solteros y que fue mudada y separada por que era muy traviesa, y demandaba atención que no podían darle con dos niños pequeños. Antonia se convirtió en la gata dueña y señora del estudio y el sentimiento era que ellos llegaron a invadir su espacio. Rafaela dice con algo de seriedad y otro de gracia que nunca pudo hacer las pases con Antonia, porque la gata simplemente la ignoraba, pero en cambio si se despertó una mutua adoración entre su hijo mayor y Antonia, un amor que duró catorce años, hasta que falleció la propietaria de los ronroneos.
Lógicamente cuando se mudaron hubo cambios por hacer en la casa, uno prioritario fue el tablero eléctrico, que estaba centrado en la entrada de la casa y todos los puntos de encendido partían de allí. Había habitaciones divididas con triplay y un solo baño. Fue así que comenzaron hacer los arreglos poco a poco, primero la lavandería, luego otro baño, pusieron plantas y mantuvieron pisos y techos originales, lo último que han remodelado es la cocina. En el pasadizo sobresale un mural verde pintado por el abuelo de Rafaela, que en realidad había sido el techo de su cuarto, para pintarlo el abuelo se pasó años subido a una escalera mirando hacia arriba. A su muerte, fue recortado con extremo cuidado y retirado, pues vendieron esa casa. El único espacio grande donde podían colocarlo fue el pasadizo y desde allí ilumina toda la casa. Lo mismo pasó con el aparador y juego de comedor, los asientos de terciopelo francés del living también son heredados y también pertenecieron a los abuelos de ella.
La casa ha sido un espacio de diversión para toda la familia contando primos y tíos, en el pasadizo un pabilo tensado de un lado a otro sería la net para los campeonatos de voley, el patio trasero tenía la piscina inflable para los veranos calurosos y en el patio de ingreso un vinilo en la pared tenía la forma de arco de futbol. Infaltable el fulbito de mano y ping pong, la casa se convirtió en el club familiar, le llamaban “Sucrelandia” (Sucre es el nombre de la calle donde se ubica la casa) y hasta ahora es el preferido punto de encuentro familiar.
texto fotos edición : roxana doig
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